Tú y yo vivimos
en una escalera.
Al principio tú
subías y subías, sin aliento, con agilidad, confiado.
Yo estaba
cojita, cansada, iba despacio, me paraba, pero intentaba seguirte, subir a tu
ritmo.
Con el tiempo
me recuperé. Fui cogiendo velocidad, siguiéndote, soltándome, dejando atrás
cosas con las que cargaba y que pesaban mucho. Comencé a subir más deprisa,
segura, esperanzada... Y al fin te alcancé.
Y es que el
amor es como una escalera, cada uno lleva su ritmo, aunque finalmente los pasos
se igualan.
A veces no te
encuentras con fuerzas para seguir subiendo, pero si alguien te da la mano y te
ayuda todo es más fácil. Las bases de una relación son la confianza, la
sinceridad, el apoyo y el cariño.
Otras veces en
cambio te sientes cansado y debes detenerte a coger aire, pero siempre sabiendo
que nunca te pararás solo.
En ocasiones te
caes, desciendes unos peldaños, pero nunca es tarde para levantarse y volver a
ponerse en marcha. Retroceder, rectificar, no es malo sino todo lo contrario,
con ello podemos corregir errores del pasado.
Y en las
mejores rachas tendrás tanta energía que subirás corriendo o los peldaños de
dos en dos.
Y sabes que
arriba espera el cielo, sí, pero en realidad no es necesario llegar al final de
la escalera para obtener la recompensa... Porque ese mismo cielo nos abriga
cada día y nos hace seguir subiendo.

